Y ese duendecito… apareció

No sé si, alguna vez,  habéis sentido el deseo inmediato de querer salir de algún sitio y huir, sin pensar en las consecuencias. Como si un pequeño duendecito se te apoyara en tu hombro y te dijera al oído: “tienes que salir de aquí, pase lo que pase”. Cuando ese duendecito habla, huir se convierte en tu máximo objetivo. Pierdes tu voluntad. No existen consecuencias, ni lo correcto, ni lo incorrecto. ¿Sabéis la sensación de la que os hablo? Yo la sentí este verano…
Es curioso, pero la vida me ha llevado a pasar un fin de semana en el velero del final de la peli “50 primeras citas”. Fue en Cancún. Lo alquilamos para nadar con el tiburón ballena. ¿Dos días en un velero de película, en Cancún?  Dicho así, suena muy atractivo y la verdad es que fue una experiencia inolvidable. Pero, pasar un fin de semana en un velero, comporta sentir tu cabeza llena de agua durante dos días. Allí entendí por qué en los barcos se liaba la que se liaba cuando alguien gritaba: ¡tierra a la vista! Es como si en tu cabeza se estuvieran columpiando miles de niños… a un lado, al otro… Observas como la tripulación intenta dar normalidad a la sensación que provoca andar entre los mástiles, las velas, el balanceo, los golpes en los pies… ¡¡Esto es un estrés!! Lo intentas, quieres repetir la escena de Titanic, ir a la proa y gritar:¡¡Soy el Rey del mundo!! Pero la escenificación no es tan estética. No es un transatlántico, es un velero. Así que cuando llegas a agarrarte a esa barandilla,  sólo te preocupas por cómo y cuándo podrás volver a sentarte, para que ese balanceo en la cabeza se haga más llevadero. Vamos, que comporta un mareo de los que hacen historia.

México 2013

México 2013

Sólo te queda drogarte. Tus amigas ya lo han hecho. Han probado esa pastillita contra el mareo y están de lo más tranquilas.
– Laura, tómate una. Yo ya me he tomado dos y mañana me voy a tomar otra. ¡Estoy super tranquila y super bien! Lau, ya verás qué bien. Te dicen con los ojos  medio cerrados, unas voces muy sospechosas  y unas sonrisas  de oreja a oreja… Entonces caigo, me tomo la pastilla y la verdad que, en unos minutos, empiezo a notar el efecto. Sigo sintiendo ese balanceo en la cabeza, pero ya no me importa, todo me da igual, me relajo y me duermo.
Entre sueños,  escucho una voz en la lejanía… el marinero lo ha dicho:
– Éstas son las coordenadas del tiburón ballena. Míralos, ya estamos.
Y… el duendecito hizo su aparición… Esas palabras sólo despertaron en mi mente un pensamiento: ¡Voy a poder salir de aquí! ¡Tengo que salir de este balanceo! Me pongo las gafas, las aletas , el tubo y me tiro. Sí, me tiro. No me preguntéis por qué. El ansia de salir de aquel balanceo pudo conmigo.
– ¿Qué haces? Grita el marinero. ¿Dónde vas? ¡Todavía no hemos llegado!
¡Mierda! ¿Y ahora qué hago? ¡Ya la he liado otra vez!…Pienso, mientras pongo cara de…¡¡sólo quería salir de ahí!!¡¡Yo no he sido!!¡¡Ha sido el duendecito!!
El marinero me grita: ¡Espera! Y en dos minutos, aparece con una cuerda en la mano, la lanza al mar y grita:
-¡Cógete!
Pero, ¿qué dice? Éste está de coña. Pero, lo veo rápido: No Laura, no está de coña.  O te agarras o te quedas a mar abierto, en el Caribe, con unas gafas, unas aletas y un biquini super mono.
Al principio, parecía un paseo. El agua resbalaba por mi cuerpo tranquila y plácidamente y no resultaba difícil seguir agarrada a la cuerda, pero, en cuestión de segundos, el velero empezó a acelerar. Ante todo, una premisa retumbaba en mi cabeza: pase lo que pase, no sueltes esta cuerda. Entonces, el agua empezó a sobrepasarme, no podía respirar.
Imagen mental rápida de la situación: Laura ahogándose, agarrada a una cuerda,  debajo de un velero de dimensiones considerables. Sí, empecé a pasar miedo y ese duendecito empezó a caerme muy mal.
Al principio iba de digna: “yo no digo nada, ya saben que estoy aquí”. Pero, cuando el agua me permitió, por unos segundos, ver la cubierta, me dí cuenta de que ahí ni Perry se acordaba de mí. Entonces, opté por el grito: ¡¡Socorro!! Fueron necesarios tres socorros para que una de mis amigas se percatara de mi sufrimiento.  Cuando el agua me permitió volver a ver la cubierta, vi como mi amiga tocaba con un dedo el hombro del marinero para que se girara. Me señaló y lo miró diciéndole: “creo que lo está pasando mal”.
Reacción del marinero: caso omiso. Me miró queriéndome transmitir la premisa de… “Tú no te sueltes de la cuerda y ya llegaremos. No vamos a parar el velero por tí”.
Vale, gracias. Sólo me quedaba rezar y recé. Recé para no morir y recé para llegar lo antes posible. Y llegué, sana y salva… El duendecito creo que se ahogó. Desde aquel día, no ha vuelto a aparecer 😉

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