Y… volvió a sonreír

Ser periodista te da la oportunidad de conocer gente muy diferente. Compartir y hablar con personas que tienen algo que contar me apasiona. Por eso, escogí mi profesión. Pero, a veces, también tienes que enfrentarte a situaciones difíciles que no puedes esquivar, porque es tu trabajo. Curiosamente, esas situaciones que generan ese miedo y ese gusanito en el estómago, son las que más te marcan, las que nunca olvidas… Ése fue el caso de Solei.
La publicación para la que trabajo había donado dinero a la Fundación Campaner. La organización trabaja en la zona de Diffa (Níger), en el África occidental, con el objetivo principal de erradicar el noma y conseguir la reinserción familiar y social de los niños que sufren esta enfermedad.  El noma es una enfermedad que ataca, por falta de higiene, a niños desnutridos. Afecta a las partes blandas de la cara, destruyendo labios, nariz y boca. La bacteria mutila el rostro del niño, le priva a menudo de la voz y de la posibilidad de masticar. Entre el 70 y el 90% de los niños afectados mueren, si no reciben un tratamiento adecuado. Sin embargo, la curación del noma también es rápida. Sólo es necesaria una dosis de penicilina, una dieta reparadora y hábitos higiénicos básicos. En el caso de los niños en los que el noma ya les ha mutilado la cara se les puede rehacer el rostro, gracias a la cirugía plástica. La Fundación trae a los niños que tienen que ser operados al Hospital Sant Joan de Déu y les restaura la cara. Solei era una de estos niños.
Tenía que visitarla, ver cómo estaba, entrevistar al médico que la había operado y preparar un reportaje que se publicaría en la revista. No dormí en toda la noche. Tenía miedo de lo que me iba a encontrar. No quería ver una niña triste, con la cara destrozada. Supongo que estaréis de acuerdo, no hay nada más triste que reconocer la tristeza en los ojos de un niño.
– ¡ Solei, tienes visita!
La chica que vino a buscarme tocó con sus nudillos en la puerta de la habitación del hospital…
– Es la chica que estabas esperando.
Sentí un nudo en la garganta y me dije a mí misma… Adelante, Laura, tú puedes…
Y … aquella  puerta se abrió.
Nada más verla, resolví mi duda.  Solei no sólo no era una niña triste, sino que era una de las niñas más alegres que he conocido nunca. Cantaba, bailaba, jugaba, pero, sobre todo, no paraba de hablar. Sufría cascolexia avanzada. En su mirada, no había tristeza; al contrario, sus ojos estaban llenos de ilusión. Se comía la vida, era ascensorista. Lo vi,  nada más conocerla.
Conocí también al cirujano que la había operado y debo confesar que me enamoré. Durante los cuatro días que Solei estuvo en Barcelona, convivió en casa de su médico, con su familia.  Tendríais que ver  cómo la acariciaba, el cariño que le daba y cómo lo quería Solei. “Yo ya me voy con él”, decía.
Solei volvió a su país. Sigue acogida por la Fundación Campaner . Gracias a la Fundación, a los voluntarios, al personal sanitario y al médico que la operó, ya puede sonreír.
Salí del hospital con los ojos llenos de lágrimas. Pero, no eran lágrimas de tristeza,  como había creído en un principio, salí llorando, pero de alegría. Sentí la alegría de saber que, aun en tiempos de crisis, cuando el pesimismo y los mensajes tristes copan los medios,  sigue habiendo gente muy grande. Gente con el corazón tan grande como para repartir amor y ayuda, sin esperar nada a cambio. Es cierto, hay guerras, violencia, muerte… pero, también, personas que trabajan duro para que una niña pueda volver a sonreír. Aunque no se vean, existen.  No nos olvidemos de ell@s. Algo en mí cambió ese día. Ese día, aprendí una lección…

“A veces,  sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos, si le faltara esa gota.” Madre Teresa de Calcuta.

¡¡Feliz Navidad a tod@s!!

Barcelona 2010

Barcelona 2010


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